Historia de un país, Argentina siglo XX: Capítulo 10: “El 45”

martes, 13 de octubre de 2009


La avenida Mitre, en el barrio de Avellaneda, se encuentra repleta de manifestantes. Elevan carteles improvisados y se dan fuerza con cantos, y gritos a favor de Juan Domingo Perón. Los trabajadores, imparables, cruzan el Riachuelo como sea para llegar a Plaza de Mayo.

Mientras tanto, el hombre por quien el pueblo clama es trasladado desde la isla Martín García, donde se encuentra preso, hacia el Hospital Militar.

Hay clima de confusión y, aunque se cree que Perón fue destituido de su cargo de secretario de Trabajo y está preso, realiza llamadas, recibe a políticos, a funcionarios civiles y militares, y hasta lo visita una delegación obrera. Pero nadie puede asegurar si está internado,
detenido o en libertad.

En la calle, la multitud utiliza cualquier medio para llegar a la plaza. Lo hace a pie, en autos, camiones, colectivos o tranvías. Algunos negocios cierran sus persianas por temor y muchos vecinos desconfiados se recluyen en sus casas.

Hombres y mujeres de clase media y alta, sin comprender demasiado, contemplan atónitos desde los balcones porteños el avance de los que ellos llaman “cabecitas negras”: obreros en su mayoría, son hombres y mujeres humildes oriundos de todo el país, dispuestos a llegar al centro del poder.

En la Casa de Gobierno, el presidente de la Nación, Edelmiro Farrell, y el ministro de Guerra, el general Eduardo Ávalos, reciben continuos informes de la policía, que dan cuenta del desarrollo de los acontecimientos.

Con la llegada de la noche, mientras la Plaza de Mayo se ilumina con antorchas improvisadas, Perón se entrevista con Farrell en la residencia presidencial, desde donde –tras 40 minutos de reunión– se dirigen juntos a la Casa de Gobierno.

La multitud que espera a Perón en la plaza y sus alrededores es imponente. ¡Perón! ¡Perón! ¡Perón! ¡Perón! es su grito.



En aquella noche del 17 de octubre de 1945, varios cientos de miles de personas están dispuestas a quedarse en la plaza hasta que su nuevo líder salga al balcón.

Es el comienzo de una nueva era en la historia argentina. La recuperación de la economía argentina, tras la gran crisis vivida en el año 30, comienza a sentirse a partir de 1933. Muchos trabajadores llegan del campo a la ciudad, atraídos por la demanda de empleo provocada por la aparición de nuevas industrias y por la carencia de mano de obra debido al abrupto corte en la llegada de nuevos inmigrantes.

Aunque los sindicatos más poderosos siguen siendo el de transporte y el de servicios públicos, los obreros industriales generan nuevos espacios sindicales. El sindicato de la construcción es uno de los que más trabajadores congrega.

Ante las presiones sindicales, el Estado –aunque recurre a la represión para acallar las protestas de los distintos gremios– concede mejoras a algunos sectores obreros, como el “sábado inglés” o la indemnización por despido, y las licencias por enfermedad para los empleados de comercio.

Durante la presidencia de Agustín P. Justo, muchos de los nuevos dirigentes sindicales creen que el Estado es un interlocutor válido para acceder a mejores salarios y condiciones de trabajo, pero intentan mantener el lugar apolítico, postura dominante de buena parte del movimiento obrero. Esta tendencia, denominada “sindicalista”, es criticada por socialistas y comunistas, que reclaman
mayor participación dentro de la esfera política y proponen formar un Frente Popular contra el régimen de Justo. Pero este frente nunca logra conformarse.

En 1938, fraude mediante, es elegida para la sucesión presidencial la fórmula Roberto Ortiz-Ramón Castillo. El nuevo presidente es un radical antipersonalista, pero su vice pertenece al grupo conservador más tradicional, el de los seguidores de Agustín P. Justo.

El presidente Ortiz se acerca al radicalismo atacando al fraude electoral con la convicción de que, sin Yrigoyen –muerto en 1933–, el radicalismo puede ser una fuerza política moderada. Y en las elecciones legislativas de 1939 hace intervenir las provincias de Catamarca y Buenos Aires, donde los conservadores se habían impuesto, una vez más mediante el fraude. Los radicales, victoriosos en varias provincias, pasan a controlar la Cámara de Diputados.

Luego de dos años de licencia por enfermedad, en 1942 el presidente Ortiz renuncia a su cargo. Castillo, su vicepresidente –que hasta entonces estaba a cargo del poder– asume como presidente el 27 de junio de ese año.

Castillo es un abogado catamarqueño, interventor de la provincia de Tucumán durante la presidencia de José Félix Uriburu y ministro del Interior de su antecesor, Agustín P Justo. El nuevo presidente representa el pacto entre el Partido Conservador y la UCR antipersonalista. Al asumir el cargo no duda en reinstalar el viejo sistema de elecciones fraudulentas.

Por entonces, mientras crece el descrédito de los partidos y del sistema político, el Estado se va tornando cada vez más poderoso. El gobierno negocia con sindicatos, empresarios, Fuerzas Armadas, Iglesia y asociaciones civiles.

Mientras tanto, la Segunda Guerra Mundial, que se ha iniciado en 1939, llega a su punto culminante. La Argentina mantiene su neutralidad, pero el avance de los alemanes sobre Europa significa para el país la pérdida progresiva de mercados. Las consecuencias para la economía argentina son importantes.

Sólo Gran Bretaña se sostiene como un mercado significativo, pero por un acuerdo firmado con los británicos bajo la presidencia Ortiz-Castillo, las libras obtenidas por la venta de carne argentina deberán quedar en Londres hasta el final de la guerra.

En esos años de conflagración mundial, la Argentina comienza a exportar hacia los países limítrofes y a reemplazar las importaciones provenientes del viejo continente, haciendo progresar su incipiente industria nacional. Pero todos se preguntan qué ocurrirá cuando la guerra llegue a su fin. Los industriales saben que su situación excepcional se debe al conflicto mundial y que cuando termine la guerra necesitarán de la protección estatal.

La solución que se postula desde el Estado es el plan Pinedo, cuyo nombre oficial es Plan de Reactivación Económica Nacional. El Plan Pinedo propone sostener sólo a industrias viables, aquellas que no necesitan de materias primas importadas para funcionar y que no requieren la aplicación de medidas arancelarias para poder competir con los productos manufacturados extranjeros. Para las demás industrias, que son la mayoría, no se prevé ningún tipo de protección.

El plan es aprobado en el Senado, pero no llega a ser tratado en la Cámara de Diputados por el conflicto entre radicales y oficialistas. El posible cierre de fábricas y el consecuente desempleo preocupan a la Iglesia, que teme que el descontento social convierta a la Argentina en terreno fértil para un declarado enemigo de la religión: el comunismo.

Los opositores al gobierno, que acuerdan declarar la guerra al Eje – formado por Alemania, Japón e Italia– acusan al presidente Castillo de nazi y reciben fuerte apoyo de la embajada norteamericana, interesada en consolidar su liderazgo en América Latina.

Castillo se niega a declarar la guerra, pero argumenta sus motivos: la Argentina no puede dejar a Gran Bretaña sin los envíos de carne en medio de la lucha. Y si se le declara la guerra al Eje, Alemania hundirá los barcos que transportan la carne, agravando aún más la situación inglesa. Estados Unidos le pone trabas a la Argentina en la compra de armas, como forma de presión para que declare la guerra al Eje.

Acorralado por la oposición, encabezada por la UCR, el Partido Socialista y el Partido Demócrata Progresista, Castillo se apoya en el Ejército, colocándolo como un actor político fundamental en el juego del poder. Crea Fabricaciones Militares y el Instituto Geográfico Militar, conformando así a algunos nacionalistas del Ejército que creen en el desarrollo industrial del país como posibilidad para autoabastecerse de armamentos.

Esos nacionalistas son partidarios de una fuerte intervención estatal, capaz de representar una voluntad nacional y de imponer orden ante los cada vez más fuertes frentes populares y sindicatos combativos.

Para 1943, el oficialismo y la oposición se disputan el apoyo del Ejército como forma de asegurar la continuidad del régimen o de terminar con él.

Los radicales ofrecen a Pedro Ramírez –que se desempeña como ministro de Guerra de Castillo–, la candidatura presidencial para las próximas elecciones, que se realizarán a fines de 1943. El presidente, en represalia, exige la renuncia del ministro Ramírez. Pero Castillo ya ha perdido el poder real. Son ahora las Fuerzas Armadas las que manejan los verdaderos hilos del poder y reaccionan derrocándolo con un golpe de Estado, el 4 de junio de 1943.

Tras el derrocamiento de Castillo, el general Arturo Rawson asume la presidencia, pero en 48 horas pierde el apoyo del Ejército y renuncia.

Entonces, lo sucede Pedro Ramírez y el Ministerio de Guerra pasa a ser controlado por un grupo de oficiales que conforman la logia GOU. Los integrantes del GOU son, en su mayoría, coroneles que coinciden en la necesidad de dar más disciplina al Ejército, acabar con la corrupción, y que ven al comunismo como el gran enemigo del momento. Su principal referente es el ministro de Guerra, Edelmiro Farrell.

Para evitar posibles protestas sociales contra el nuevo gobierno de facto, los militares toman distintas medidas:
-intervienen la CGT;
-disuelven el grupo político Acción Argentina, que denuncia la acción de los nazis en el país;
-proscriben el comunismo;
-persiguen la acción sindical y de los partidos políticos;
-intervienen las universidades;
-cesantean a los docentes opositores, y
-establecen la educación religiosa en las escuelas.

“En la Argentina no puede ni debe penetrar el comunismo… Toda medida debe ser siempre justificada frente a los intentos disolventes de los principios de religión… de familia y de patria en la paternal y progresista sociedad argentina…”

El argumento principal de las Fuerzas Armadas es el de evitar la instalación de un régimen comunista en la Argentina, y para ello cuentan con la colaboración de los conservadores y de los viejos nacionalistas del ex presidente Uriburu.

La oposición, que antes acusaba a Castillo de nazi, ahora compara al gobierno militar con el régimen nacionalsocialista. En realidad, en el gobierno existen varias tendencias y líneas internas: militares afines al nazismo, algunos cercanos a los aliados y otros neutrales.

El canciller –José María Cantilo- decía: “La República Argentina ha declarado como es notorio su neutralidad frente a la actual guerra europea y ha de cumplirla estrictamente”.

Pero Estados Unidos continúa con sus presiones y actúa sobre el gobierno de Ramírez para que declare la guerra al Eje. En 1944, la Argentina, aunque no declara la guerra –sabiendo que el fin del conflicto está próximo– cede y rompe relaciones con los países que conforman este grupo.

Ante esta situación, el GOU impulsa el reemplazo de Ramírez –que al haber cedido a las presiones de EE.UU. ya no es considerado confiable– y logra que se nombre a Farrell presidente. El coronel Juan Domingo Perón es nombrado ministro de Guerra, vicepresidente y, demás, accederá a un cargo que le resultará estratégico: será secretario de Trabajo.

La forma de hacer política de Perón es novedosa por su trato personalizado con los dirigentes obreros, circunstancia que lo favorece y lo convierte en el hombre fuerte del gobierno. Es así como construye su base de poder, buscando apoyo fundamentalmente en dos sectores: los trabajadores y los militares.

Establece el control del Ejército durante su paso por el Ministerio de Guerra, afianza su poder desde la vicepresidencia y tiende los lazos con los trabajadores y sus representantes desde la Secretaría de Trabajo.

Perón convoca a todas las fuerzas sindicales –con excepción de las comunistas– y las impulsa a organizarse y a presentar sus demandas. Supervisa personalmente contratos colectivos de trabajo y establece las vacaciones pagas, el régimen de jubilaciones, de accidentes de trabajo y el Estatuto del Peón. Estas medidas implican un gran crecimiento de su popularidad entre los trabajadores.

Perón asegura que este acercamiento a los trabajadores evitará la penetración del comunismo dentro de la clase obrera. Y empieza a aparecer en sus discursos una idea que luego será uno de los pilares de su doctrina política: la justicia social.

Pero las medidas y leyes que Perón va obteniendo a favor de la clase trabajadora distancian al gobierno de Farrell de importantes sectores del empresariado nacional. La oposición política exige la declaración de guerra y se enfrenta al gobierno militar, al que acusa de nazifascista.

Finalmente, cuando el conflicto bélico está prácticamente definido y para tranquilizar a la oposición, Farrell cede y le declara la guerra al Eje.

Ganando espacio en el mapa político, los partidos opositores al gobierno se alían en la Unión Democrática, donde convergen radicales, demoprogresistas, socialistas, comunistas y conservadores.

Exigen la entrega del poder a la Corte Suprema y el inmediato llamado a elecciones.

En junio de 1945, la situación política del gobierno militar empieza a complicarse. Se publica el manifiesto de la Industria y el Comercio, redactado y pagado por las asociaciones de patrones, que ataca a la política económica acusándola de desacertada y “fascista”.

En septiembre se realiza una multitudinaria marcha llamada “De la Constitución y la libertad” y convocada por la Unión Democrática, que agudiza la crisis política del gobierno.

El principal opositor a la figura de Perón dentro del Ejército es el general Eduardo Ávalos, jefe de la guarnición de Campo de Mayo. El inicio del conflicto se produce con la designación del jefe de Correos y Telecomunicaciones, lugar clave cuando se realizan elecciones, ya que desde allí se coordina la parte operativa de los comicios de todo el país. El teniente coronel Francisco Rocco es el número puesto para este cargo, aunque Perón los sorprende nombrando a Oscar Niccolini, un amigo de su pareja, la actriz Eva Duarte.

Algunos militares buscan desplazar a Perón para descomprimir la presión política y tomar el control del gobierno militar, aunque Farrell quede como presidente. Perón es el hombre que concentra la mayor parte de las críticas de la oposición. Un sector de los militares lo condena por fascista, otros creen que se equivoca al acercarse a los trabajadores y también hay quienes creen que la relación que Perón tiene con Evita “contradice el código de honor militar”.

Los oficiales de Campo de Mayo piden a voces la renuncia de Perón y amenazan con avanzar con las fuerzas militares sobre la Capital Federal. El general Ávalos los convence de esperar los resultados de la reunión que se mantendría en Campo de Mayo con Farrell.

El 9 de octubre, Ávalos y Farrell se reúnen y deciden pedirle a Perón la renuncia a todos sus cargos. Una comisión notifica a Perón de esta decisión y, al poco tiempo, regresa a Campo de Mayo con su renuncia.

El 10 de octubre, desde la Secretaría de Trabajo, Perón ofrece un discurso a un grupo de obreros y dirigentes sindicales, y utiliza la cadena nacional para dar un mensaje donde advierte a los trabajadores de la necesidad de defender las conquistas logradas.

Estos discursos llevaron a Ávalos, flamante ministro de Guerra, a ordenar el arresto de Perón. El 13 de octubre Perón es detenido y trasladado a la Isla Martín García. Mientras se encuentra privado de su libertad, Juan Domingo Perón le escribe una carta a su amada, la actriz Eva Duarte. En un documento íntimo que quedará para siempre en la memoria de los argentinos: le dice que la quiere, le avisa que ha pedido el retiro de la fuerza y que apenas recobre su libertad se casarán y se irán a vivir tranquilos a algún lugar de Chubut. Se queja de que tanto Ávalos como Farrell lo han traicionado y le dice que le pase una nota a Domingo Mercante para que inicie acciones legales. También le pide que se quede tranquila: “Viejita de mi alma, tengo tus retratitos en mi pieza y los miro todo el día, con lágrimas en los ojos. Que no te vaya a pasar nada porque entonces habrá terminado mi vida. Cuídate mucho y no te preocupes por mí; pero quiéreme mucho que hoy lo necesito más que nunca, el mal de este tiempo y especialmente de este país son los brutos y tú sabes que es peor un bruto que un malo”.

La carta está fechada tres días antes del día histórico: el 14 de octubre de 1945. El 16 de octubre se reúne la Central General de Trabajadores –CGT– para tomar posición frente a la crisis. Exigiendo que se mantengan las conquistas sociales obtenidas en los últimos años, deciden llamar a una huelga general para el día 18. Pero nada dicen sobre la detención de Perón.

Sin embargo, hay otra voz que el 17 de octubre está dispuesta a hacerse escuchar. Tanto en Buenos Aires como en Tucumán, Córdoba y Salta los obreros se aglutinan en las puertas de sus trabajos… Son muchos los que preguntan por Perón.

En algunos barrios porteños y del conurbano, donde abundan las fábricas, comienzan las movilizaciones que claman por su nuevo líder. Juan Domingo Perón es trasladado desde la isla Martín García, donde se encuentra preso, hacia el Hospital Militar. Aunque lo visitan políticos, funcionarios, militares y hasta una delegación obrera, nadie puede asegurar si está internado, detenido o en libertad.

En las calles la muchedumbre, cada vez más numerosa, está decidida a llegar a Plaza de Mayo. En su mayoría son obreros, hombres y mujeres de todo el país. La policía, desbordada, no puede detener a los millares de hombres y mujeres decididos a recuperar el poder.

En la Casa de Gobierno, el presidente Farell y Ávalos, el ministro de Guerra, reciben continuos informes de la policía que dan cuenta del avance de los acontecimientos y las presiones de algunos generales, que exigen reprimir con el ejército a los manifestantes.

El colaborador de Perón, Domingo Mercante, llega a la Casa de Gobierno. Tiene la orden de dejar que se junte la mayor cantidad de gente. Ávalos le ordena –como su superior– hablarle a la multitud para lograr la desconcentración.

Ante el intento vano de Mercante de dar un discurso, es el mismo Ávalos quien sale al balcón para convencer a la multitud. La silbatina y el griterío son ensordecedores.

Para las cinco de la tarde, el calor en la plaza es agobiante. Salvo el diario La Época, cuyo director, Eduardo Colom, apoyaba a Perón, ninguna publicación de la tarde le da importancia a los sucesos. La espontánea consigna popular de concentrarse en Plaza de Mayo es un éxito sin precedentes.

Farrell se retira a la residencia presidencial y deja a cargo de la situación a su ministro de Guerra, que decide entrevistarse con Perón en el Hospital Militar. Tras la reunión, Ávalos se comunica con Campo de Mayo para anunciar que Perón le hablará al pueblo desde los balcones de la casa de gobierno.

La noticia conmueve a los militares que provocaron la renuncia de Perón, pero la desconcentración por medio de la fuerza ya no es posible sin desatar una batalla campal de consecuencias inimaginables.

Mientras tanto, Perón decide que es el momento indicado para actuar y parte a entrevistarse con el presidente. Tras 40 minutos de reunión, ambos se dirigen a la Casa de Gobierno. En la plaza, la noche se ilumina con miles de antorchas improvisadas.

¡Perón! ¡Perón! ¡Perón! ¡Perón! A las 23.10 Perón sale al balcón. La multitud lo proclama como su nuevo líder.

En un país que viene de trece años de fraude electoral y de tres de gobierno militar, la manifestación del 17 de octubre de 1945 evidencia el crecimiento, la organización y la politización de la clase obrera argentina.

Los trabajadores y Perón forjan un pacto indestructible. Un pacto que trascenderá en el tiempo y que instalará por muchos años en la Argentina la antinomia peronista/antiperonista.

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